Comunidad Valenciana
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LA SOLIDARIDAD ALIENTA Le he pedido a Lola, mi amiga y compañera durante trece años en el Orfeó Universitari de la Universitat de València, que me relate su activismo en Valencia Acull[1]. La Red Acoge nace en 1991 con el objetivo de promover los derechos de las personas inmigrantes en España. Actualmente, la Red es […]

LA SOLIDARIDAD ALIENTA

Le he pedido a Lola, mi amiga y compañera durante trece años en el Orfeó Universitari de la Universitat de València, que me relate su activismo en Valencia Acull[1].

La Red Acoge nace en 1991 con el objetivo de promover los derechos de las personas inmigrantes en España. Actualmente, la Red es una federación de 24 organizaciones repartidas por todo el territorio estatal. Fue declarada de Utilidad Pública el día 18 de febrero de 2010. La Red Acoge es la suma de varias organizaciones que tienen su base social en muy distintos ámbitos territoriales.

Un espacio solidario de aprendizaje intercultural y lucha contra el racismo y el individualismo insolidario, que contribuye en la creación de una sociedad mejor mediante la participación y la acción de personas autóctonas e inmigrantes. Ofrece acompañamiento y ayuda en información y orientación social, asesoría jurídica, inserción sociolaboral, acceso a vivienda, atención psicosocial, aprendizaje de idioma y acogida

En resumen, trabaja para la sensibilización de los entornos donde se encuentran los migrantes para su integración favoreciendo la comprensión de la situación de las personas migradas en la sociedad valenciana y estableciendo lazos de solidaridad entre personas migrantes y personas autóctonas, con el fin de generar una convivencia realmente activa. Al mismo tiempo, una de sus funciones primordiales es la de mejorar la autoestima de las personas inmigrantes, su capacidad de liderazgo y su comprensión de la realidad social, económica y política, con el objetivo de promover su participación en la sociedad valenciana como iguales.

Una colaboradora de Valencia Acoge le preguntó a mi amiga si le gustaría dar clase de conversación a unas personas extranjeras. Lola aceptó gustosa. Y empezó a reunirse el curso pasado unas horas semanales para que las personas que lo necesitan puedan practicar español en temas de interés cotidiano como ir a médico, realizar compras, entrevistarse con los profesores en el colegio de sus hijos …  Lola también imparte clase de lengua siguiendo un programa de español para extranjeros con una enseñanza más reglada.

Tenemos siempre en mente a las personas migrantes que han huido de su país por extrema pobreza o problemas políticos. No es siempre así y el relato de mi amiga me muestra otras circunstancias que incitan a la emigración. Todas ellas tan diferentes, personas de diversas procedencias, de diversos ámbitos sociales y con necesidades y esperanzas diferentes.

Me habló de una argelina, Racima, arquitecta, que trabajaba en un estudio en Argel junto a su marido, también arquitecto. De familia acomodada y con estudios superiores no dudó en dejar su país ante la radicalidad del Gobierno. Su hermana, separada de su marido, había venido a España antes de la pandemia. Racima llevaba velo en su país, no lo hace aquí. Ella ha preferido renunciar a las comodidades de las que gozaba en su país por gozar de una mayor libertad; en cambio a su hijo le está costando adaptarse, allí tenía más privilegios y está el problema de la lengua que se une al del valenciano en el colegio. Racima no ha conseguido todavía tener la documentación que le permitirá trabajar, sigue esperanzada y no se arrepiente de su decisión.

Mi amiga también entabló relación en las clases de lengua con Elham, una mujer de Sudán, musulmana, muy tradicional, gusta de llevar vestidos largos y usa hiyab, pañuelo que cubre cabeza y cuello. Dejó en su país a sus dos hijas estudiando en la universidad y los dos niños pequeños viven aquí con su padre. Elham ya es veterana en nuestro país, vino alrededor de los 90 y se instaló con su marido en Zaragoza, con un negocio de locutorio y sin problemas económicos. Pero se separó en 2004 y regresó a Sudán. La añoranza de sus hijos pequeños la hizo regresar y pudo hacerlo gracias a una carta de invitación de una profesora. Elham habla bien inglés, pero casi nada de español y vive en un piso compartido, sin trabajo y prácticamente sin recursos. Es muy creyente y abandona la clase un poco antes de la hora para ir a rezar a la mezquita.

En las clases, Lola conoció a Saba, una joven iraní, que pudo conseguir un trabajo en hostelería, una chica moderna, activa en redes sociales a favor de la lucha de las mujeres de su país. Salió de Irán con su madre rumbo a Turquía, pero no tuvieron suerte en ese país y decidieron venir a Valencia donde tienen unos amigos.

Lola sigue con su voluntariado, pero este curso tiene menos posibilidades de entablar relación estrecha con las alumnas y alumnos porque imparte clases de lengua y debe ceñirse a unos contenidos lingüístico que no le permiten disponer de tanto tiempo para la conversación. Sin embargo, va conociendo a personas con necesidad y ganas de aprender.

Hanane, una chica marroquí que viste a la manera árabe, con vestido largo y pañuelo, es animada, alegre, va en bicicleta y arregla su pequeña economía ayudando en las tareas domésticas en algunas casas.

Amine también es una mujer marroquí, hace años que vive en España, tiene hijos mayores y sigue teniendo dificultades lingüísticas, por eso continúa con las clases. Lo necesita. Se gana la vida limpiando en unas oficinas y tiene ilusión en aprender a ir en bicicleta y se ha apuntado a clases de costura.

La enseñanza de bicicleta les permite ir al río los sábados, que queda cerca de la ONG, y pasan la mañana en grupo, una manera de hacer amigos, compartir problemas e ilusiones. En las clases de costura aprenden a hacer pequeños arreglos, como orillas de faldas y pantalones, y les pagan una pequeña cantidad que les viene muy bien para su menguada economía.

Hay dos chicos jóvenes, también marroquís, que acuden a las clases cuando pueden porque trabajan en el campo.

También tiene como alumna a Salimatou, es de Mali, una jovencita que tiene serias dificultades lingüísticas. También viste según la tradición de su país. Es madre de una pequeñina que debe llevarla consigo a las clases con un pañuelo en torno a su cuerpo porque no tiene dónde dejarla.

Un matrimonio mayor, Ludmyla y Vasyl, también asiste a las clases. Son ucranianos, no saben cuándo podrán regresar a Kiev, ni siquiera si podrán hacerlo, les cuesta aprender, sobre todo al marido, pero ahí están, siguiendo con las clases.

Lola, que ha sido profesora de instituto hasta su jubilación, ha encontrado la manera de seguir siendo profesora ejerciendo el voluntariado en una ONG. Es una mujer abierta, trabajadora, una muy buena persona, querida amiga desde el año 2002, hemos compartido grandes momentos con la música y la amistad. Esa suerte he tenido en cada sitio donde me he relacionado, en la profesión y en las aficiones.

Siempre he pensado que cuando nos llega la jubilación es el momento de ofrecer a la sociedad un trabajo voluntario, de seguir siendo personas productivas para los demás, lejos de nuestras ambiciones profesionales y, con ello, crecer en HUMANIDAD, sabiendo que hay mil maneras de hacerlo. Cada persona puede encontrar la forma de ejercer ese privilegio de ser útil por la mejor de las causas: trabajar y luchar por los DERECHOS HUMANOS.

Relato de Lola Blaya

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

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A.Emma Sopeña Balordi

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[1] https://valencia-acoge.org/