Cantabria
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En esta decimocuarta edición del “Encuentro de microrrelatos”, se han presentado 127 microrrelatos, según la siguiente distribución en los grupos establecidos en las bases:
– Grupo A (Primaria): 0
– Grupo B (ESO): 123
– Grupo C (Bachillerato): 2
– Grupo D (Educación de Personas Adultas): 2
Se han seleccionado 24 finalistas. Como en el Grupo A no ha habido participación, los ocho textos previstos para la selección final se distribuirán del siguiente modo:
– Grupo B (ESO): 5 – Grupo C (Bachillerato): 2 – Grupo D (CEPA): 2

Para la selección se han tenido en cuenta los criterios recogidos en las bases de la convocatoria. En primer lugar, se valora el tratamiento del tema propuesto en el marco de los Derechos Humanos, que en esta convocatoria es el genocidio, asunto al que aluden también las fotografías inspiradoras que se
facilitaban. Además, se consideran aspectos propios del microrrelato como la narratividad, la intensidad o la capacidad de sugerencia. Es decir, se han destacado aquellos textos que abordan el genocidio con la brevedad y originalidad propias de este género literario. Para la publicación de los ocho
microrrelatos finalistas se han corregido pequeños errores de ortografía, puntuación o tipografía.
Un año más, ha sido un placer colaborar en el proceso de selección. Muchas gracias a todos los participantes y enhorabuena a preseleccionados y finalistas.

Leticia Bustamante
Santander, 25 de marzo de 2026.

RELATOS SELECCIONADOS

Categoría TítuloAutor/AutoraCentro escolar
BSin títuloIan Fernando Cuenca EsquivelSan Martín
BEl sinsentidoIsabel Martínez PalaciosSan Antonio
BRayitos de lunaSol FlorVillajunco
BRecuerdos entre cenizasAdrián Salas GonzálezCastroverde
CSeres borradosEnrique Varona GarcíaCastroverde
CSin títuloEzequiel Toca LiñeroCastroverde
DFreelanceTomás Paraja SalmónCEPA Piélagos
DTesorosAntonio Diez Gutiérrez CEPA Piélagos
BSonidos y Luces Andrea Escalante CejudoC Salesianos

CATEGORÍA B (SECUNDARIA)

Sin título
La ciudad se abre como una sandía rota, dispersando las semillas de hogares
que ya no existen. Sus paredes ennegrecidas parecen inclinarse para escuchar
los pasos de quienes buscan agua, pan o un respiro donde no duela respirar.
Entre el humo, las madres avanzan como sombras en un sueño roto, con un
fuego antiguo en los ojos, protegiendo a los suyos con las manos vacías. A
veces, encuentran lo que necesitan; otras, la vida les niega incluso lo mínimo.
Los niños, tan pequeños que el mundo les queda enorme, corren entre las
ruinas como si cada piedra fuera un gigante dormido, inventando juegos con
nada, como luciérnagas en noches sin luna.
A lo lejos, el cielo se quiebra, desgastado por gritos, y cada estallido deja un
eco de futuros robados, de almohadas sin sueño. Aun así, entre los escombros,
una cometa hecha de retazos de tela sube al viento. Frágil e imposible, se
eleva como quien espera que algún día vuelva la risa.
Este dolor no surge por accidente: es el resultado de decisiones que ignoran a
los inocentes, dejándolos pagar el precio del sufrimiento ajeno.
Un humo oscuro queda suspendido, un grito que arde en cada piedra y en cada
vacío y, pese a todo, la vida persiste en el correr de un niño, en la cometa que
se eleva, en la esperanza que se resiste a morir, mostrando que incluso en la
devastación, la humanidad no desaparece del todo.

Valoración de “Sin título”
En este relato, se ofrece el plano general de una ciudad devastada, reflejada
en el texto con la imagen inicial que contiene claras connotaciones: “La ciudad
se abre como una sandía rota”. A partir de ahí, con la acumulación de
imágenes variadas —técnicamente son símbolos, símiles, metáforas…— se va
conformando ese conjunto a modo de alegoría.
Las madres, los niños, las bombas y los juguetes nos muestran el duro
escenario de la guerra. El narrador, acercándose como si tuviera una cámara
para captar planos cada vez más cortos, se aproxima a los grupos de niños
que, sin renunciar al juego, expresan humanidad. Pero en su recorrido afina
aún más su objetivo y en lo que sería un plano detalle, destaca la cometa,
símbolo de esperanza y libertad.

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El sinsentido
Las mujeres llegaron al campo al amanecer, cuando la niebla parecía amable.
Nadie habló. El silencio era un idioma compartido, aprendido a golpes, listas y
ausencias. Los ataúdes, alineados como una oración sin fin, esperaban
nombres que ya no podían responder. Una anciana apoyó la frente en la
madera y respiró como si aún quedara calor del otro lado. No lloraba; solo
escuchaba.
Cada caja era una historia convertida en peso. El peso de un hijo que no volvió
del bosque. El peso de un hermano que prometió regresar con pan. El peso de
un padre que enseñó a contar estrellas para no tener miedo. Las manos
recorrían la superficie rugosa buscando una señal, una grieta, cualquier prueba
de que el mundo no se había roto del todo.
Alrededor, la multitud parecía un río en calma. Nadie empujaba, nadie corría.
Había aprendido que la prisa no resucita. Un pañuelo cayó al suelo y nadie lo
recogió; incluso los gestos pequeños necesitaban permiso. El aire olía a tierra
removida y a tiempo perdido.
Cuando comenzaron las oraciones, algunas voces temblaron, otras no. La fe
también se cansa. Una mujer joven cerró los ojos y susurró un nombre, solo
uno, como si decir más fuera traición. Pensó que el genocidio no había
terminado con la muerte, sino con el esfuerzo diario de recordar sin volverse
piedra.
Al final, se marcharon despacio. Dejan flores, fotos y promesas inútiles. Bajo la
tierra, los cuerpos descansaban. Sobre ella, el mundo tenía que aprender a
cargar con lo ocurrido.

Valoración de “El sinsentido”
El relato de esta escena, inspirado claramente en una de las fotografías propuestas, resulta impresionante por una crudeza que incomoda y desasosiega. Esta sensación viene de que el dolor y la pérdida se describen de manera sobria: sobriedad que se refleja en los movimientos, en los gestos y hasta en los silencios; pero el desasosiego lo produce también la introspección, que hace aflorar recuerdos y reflexiones sombrías.
Por otra parte, la leve acción narrativa está perfectamente construida y es suficiente para reflejar todo un genocidio.
El lenguaje parece sencillo, aunque está plagado de aciertos que van creando esa atmósfera de dolor contenido y cierta resignación. Son expresiones como “la niebla parecía amable”, “Cada caja era una historia convertida en peso”, “la multitud parecía un río en calma”, “El aire olía a tierra removida y a un tiempo perdido”, “La fe también se cansa”… Y, finalmente, el texto se cierra con el contraste entre el descanso impuesto por la muerte y el caos impuesto por el genocidio, separados por una fina capa de tierra.

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Rayitos de luna
Los rayitos de luna, que salpican tu pelo, esconden historias que hablan de
dolor.
Y al ver la silueta de tu cuerpo menudo, mi mente traicionera se traslada al
ayer.
Veo tu sonrisa, sencilla y delicada, tu mano entre las mías y tus ojos de ilusión.
Y al volver al presente me doy cuenta de que ya no queda nada de aquella vida
pasada, en la que no era delito vivir.
¿Qué te han hecho, vida mía? ¿Qué le han hecho a tu sonrisa? ¿Qué han
hecho con tus caricias? ¿Qué le han hecho a tu ilusión?
Lo que antes luminoso, ahora oscuro y callado; donde antes tu risa, mis
lágrimas y nada más.
La guerra, fría y desalmada, todo lo oscurece. Oscuro el cielo, con su humo
espeso. Oscuro el corazón de aquellos que amaban. Oscuro mi relato, con
lágrimas entre la tinta.
Todo negro, todo gris. Salvo los rayitos de luna que, salpicando tu pelo, se
asoman por el velo y me hablan de dolor.

Valoración de “Rayitos de luna”
Este es un texto cargado de emoción, escrito en una prosa poética que lo acerca al poema. Sin embargo, en sutiles alusiones, se adivina una terrible historia, que se elide intencionadamente.
El pasado de luz, ilusión, risa y sonrisa se ha transformado en oscuridad, silencio y lágrimas. Esta antítesis entre el pasado y el presente polariza el vocabulario de toda la composición, que oscila entre términos positivos y negativos. Las emociones se tensan con las interrogaciones retóricas, que no
esperan respuesta sino que expresan desolación.
El símbolo de los rayitos de luna, que enmarca esta composición poética en una estructura circular —aparece al principio y al final, además de ser el título—, aúna el dolor por lo vivido y cierto atisbo de esperanza.
Un texto que denota gran sensibilidad, de estilo depurado y rítmico.

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Recuerdos entre cenizas
Durante mucho tiempo pensé que yo también había sido víctima de esa noche.
No estaba preparado para ver teñirse el cielo de gris. Todo estaba fuera de
control, en una zona aislada, dejados a nuestra suerte.
Nos lo habían repetido tantas veces que, aunque dudara de su justicia, se
grabó en mi mente como un decreto. Que aquello evitaría un mal mayor. Que
nosotros no éramos los culpables, sino ellos. Caminaba cabeza abajo evitando
mirar la luz que emergía de adentro de las ventanas.
El miedo no me abandonó. Miedo a equivocarme, a destacar, a no hacer lo que
se esperaba de mí. Cuando el fuego comenzó, con un nudo en el estómago me
aseguraba de que aquello no tenía nada que ver conmigo, que yo solo estaba
allí, como otros tantos.
Con los años me he aferrado a esa idea. Sin embargo, hay recuerdos que no
se rompen como el cristal. Recuerdos de una decisión sin resentimientos, que
nadie tomó por mí.
La llama no se propagó sola.

Valoración de “Recuerdos entre cenizas”
La originalidad de este relato se basa en que el narrador concentra la doble faceta de agresor y víctima ¿o no? Precisamente es eso lo que tendrá que dilucidar cada lector.
En el relato se van desgranando detalles: la posición que adoptó el narrador ante algo que sucedió o en lo que participó, sus dudas, la manipulación a la que se vio sometido y, finalmente, la inquietud que le ha acompañado. En los párrafos se van expresando de manera acertadísima el desconcierto, la manipulación, el miedo y el remordimiento. Las construcciones repetitivas refuerzan los intentos ajenos y propios para eximirse de culpa: “Que aquello…”, “que nosotros…”, “que yo…”. Y algunas imágenes corroboran el dilema en el que se debate: “se grabó en mi mente como un decreto”, “con un nudo en el estómago”…
El final resulta sintético y revelador: aporta información fundamental sobre los hechos —que se han elidido deliberadamente— y añade un argumento para que sea el lector quien deshaga el conflicto de conciencia planteado.

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CATEGORÍA C (BACHILLERATO)

Seres borrados
Yo sigo siendo igual: el mismo rostro, el mismo cuerpo, el mismo nombre…
Pero algo ha cambiado. Creo que he dejado de ser una persona. Porque antes
iba al colegio con otros niños. Niños como yo, nacidos en mi país, pero de una
religión distinta a la mía. Y jugaban conmigo, y me llamaban, sí, amigo. Hasta
que dejaron de mirarme y de hablarme, y me volví invisible para ellos. Y dejé
de tener un colegio y una casa. Porque lo mismo le ha sucedido al resto de mi
familia: se han vuelto invisibles. O, peor aún, se han vuelto indeseables.
Perdieron sus trabajos, les cerraron las puertas, les volvieron la espalda. Y
ahora, sin nada más que nosotros mismos, viajamos en un tren de mercancías
lleno de gente, también triste y callada.
Solo sus ojos preguntan. ¿Dónde nos llevan? ¿Qué hemos hecho?
Yo también tengo una pregunta muda. Si para ellos ya no soy un ser humano,
¿en qué me han convertido?

Valoración de “Seres borrados”
En este relato, una víctima de genocidio expresa la degradación y anulación a la que son sometidos los miembros de grupos amenazados por el exterminio.
La imagen del tren evoca a aquellos que, diseñados para transportar ganado, mercancías o equipamiento militar, fueron el principal medio utilizado por el régimen nazi para la deportación masiva de judíos hacia guetos y campos de exterminio entre 1941 y 1945.
Tras relatar los hechos acaecidos y describir el entorno desolador, el sentimiento predominante es de desconcierto, que se expresa con tres interrogaciones retóricas.
No se trata solo de preguntas propias de una mentalidad infantil que no comprende el mundo, sino que son preguntas que apelan a cada uno de los lectores.

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Sin título
Hoy es un día extraño y mamá y todo el mundo se comporta extraño. Llevamos
todo el día escuchando petardos, como los que tiramos cuando hay un
cumpleaños, pero no recuerdo de quién era hoy y mamá no quiere
contestarme. Ella dice que estamos jugando al escondite en el sótano y que, si
guardo silencio, ganaremos un premio. Por eso no pregunto por qué los
señores que nos están buscando gritan tanto. Y sus botas retumban como
truenos en el techo.
Ayer vi por la rendija que papá y mis hermanos hacían una fila larga en el patio.
Supongo que no se escondieron tan bien como mamá y yo, y les han pillado.
Un señor de verde les gritaba y ellos caminaban muy rectos. Entonces
volvieron a sonar muchos petardos, de esos que te hacen saltar el corazón.
Después, ya no les volví a ver. Supongo que estarán esperando a que nos
encuentren a mamá y a mí.
—Ya han perdido ¿no, mamá? — susurré.
Ella no me respondió; solo me tapaba los oídos tan fuertes que me dolió,
mientras mi hombro se mojaba con sus lágrimas. Seguro que tengo razón:
cuando jugábamos, papá siempre era muy malo escondiéndose. Ahora les toca
esperar ahí fuera hasta que mamá y yo perdamos.
Huele a metal y a humo. La verdad es que ya me estoy aburriendo de este
juego, sólo quiero que nos pillen de una vez y contarles a papá y a los demás
dónde estábamos escondidos.

Valoración de “Sin título”
Con tono deliberadamente infantil e ingenuo, en este relato el narrador muestra una realidad lúdica en la que la guerra y el genocidio se asemejan al juego del escondite. La construcción de una realidad alternativa para salvaguardar la inocencia de la infancia ha sido un recurso empleado con cierta frecuencia, tal vez uno de los ejemplos más conocidos sea la película La vida es bella.
Las claves están en el poder del amor frente al horror y el refugio en el mundo de la fantasía frente a la crueldad. Lo que en este caso resulta más emotivo es que el narrador infantil tiene un conocimiento desvirtuado de los hechos, mientras que el lector sí conoce la realidad.

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CATEGORÍA D (EPA)
Freelance
Llamadme Merche. Tomé mi primera fotografía cuando tenía 11 años, en
Mazcuerras, sería por San Martín, durante el ritual de la matanza del cerdo.
Bajo aquellos interminables chillidos, el corazón del animal -aún tibio- palpitaba
obstinado dentro del barreño. Pronto descubrí que la cámara guardaba lo que
la carne ya perdía.
Desde entonces hasta aquí, cámara en ristre, Ruanda, Bosnia, Canarias …
masacres, odio, tempestades, el azar de alta mar … Nunca sanaré de esas
heridas. “Sufres pero disfrutas” (nos decimos, nos mentimos).
Esta mañana, temprano, vi tours organizados en barco para contemplar los
bombardeos en Gaza, los llaman turismo de genocidio. Como dice Elon Musk:
«You are the media now».
Mediodía en Gaza. 65.000 civiles asesinados y otros miles bajo los escombros
(Hiroshima 1945); Faiza prende leña en plena calle, para cocinar y asearse; no
quedan medicinas, comida … esperará al racionamiento.
Oigo cerca otra explosión, ¡acudo! … enfoco el cuerpo de mi compañero,
Kostas, herido, retorciéndose de dolor sobre los cascotes humeantes de un
hospital infantil; la sangre tibia mana desde su cabeza y enrojece el brazalete
de PRENSA. Aparto el visor y corro hacia él, gritando su nombre (de soslayo
veo brillar el dron con su chispa de plata y sol); tres impactos certeros me
derriban; aun así, logro llegar, arrastrándome, hasta su cuerpo; nuestras manos
se juntan (sería una buena foto por encuadre y composición); suelto la
máquina, pero el disparador sigue latiendo, clic, clic, clic, como los relojes de
pulsera de los reporteros muertos.

Valoración de “Feelance
La clara alusión al comienzo de Moby Dick, de Herman Melville (“Llamadme Ismael”), nos sitúa ante un narrador testigo que, en este caso, es un fotógrafo que asiste a las tragedias de nuestra era. La última es el genocidio de Gaza, cuya crueldad se ve acrecentada por el cinismo y la deshumanización de los
poderosos que manejan los hilos de ese “turismo de genocidio”. El relato está impregnado de violencia: recuerdos de la infancia y diversas masacres hasta llegar al instante exacto que va a relatar al detalle. Se trata del ataque que presencia y narra en Gaza, como si lo hiciera en tiempo real, es decir, como si fuera una crónica de guerra.
Ese último párrafo, de gran verosimilitud y precisión, consigue transmitir una escena terrible con pericia cinematográfica. Después de la onomatopeya “clic, clic, clic”, el anticlímax final, con el símil entre el disparador de la cámara y los relojes de los reporteros muertos, se convierte en denuncia, sin necesidad de más explicaciones.

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Tesoros
Dirigir un país estresa mucho: reuniones con los ministros, visitar las tropas,
actos públicos donde escucho las quejas de la población… ¡como si fuesen mi
culpa el hambre y las enfermedades! La verdad, si lo llego a saber no lo hago.
Solo me relaja un asado acompañado con vino y una visita a la Sala de
Trofeos. Es entrar en ella y todo desaparece. Primero miro mis medallas, que
me recuerdan mi ascenso en el escalafón hasta llegar a vicepresidente.
Después me postro ante la figura de mi Dios, el que rige mis acciones, y me
reafirmo en que el Golpe era necesario. Hay que acabar con los herejes y
aunque la resistencia es mayor de la esperada, el ejército mantiene la paz.
También tengo fotografías con los líderes mundiales que me apoyan, pocos,
pero entienden la amenaza. Por último, mis dos tesoros. El primero, con su
mandíbula prominente, dientes intactos, hueso nasal perfectamente
conservado y fosas oculares en las que perderse durante horas, es casi
perfecto salvo por el agujero de la bala que disparé mientras suplicaba
clemencia. Pero mi favorito es el segundo: pequeño, redondo, sin un rasguño y
los dientes todavía de leche. Era su hijo, mi sobrino. Otro hereje. Lo bañé en
oro. Mi hermana está con el resto de los infieles.
Ya queda menos. Muchos huyeron. Más fácil así. El pueblo lo agradecerá. Dios
me acompaña. Todo es por Él. Me protegerá de quienes erróneamente me
culpan. Quieren apresarme. Que lo intenten.

Valoración de “Tesoros”
Con gran ironía, este relato está enunciado por el tirano, narrador que reflexiona en la “Sala de Trofeos”. Desde la superficialidad inicial nos vamos adentrando en el pensamiento de este ser de valores pervertidos y perversos: no se responsabiliza de nada, se enorgullece de su ascenso basado en la
inmoralidad, se ampara en su Dios y se apoya en el ejército y en otros líderes como él. Pero la concreción de sus actos crueles viene después, cuando estos atañen a su propia familia.
En el último párrafo, gracias a algunos trazos, intuimos una historia de la que solo tenemos ciertas pistas, pero precisas. La sucesión de sentencias cortas y contundentes es fundamental para proporcionar el efecto de obcecación y fanatismo que caracteriza al tirano. El final queda abierto tras las últimas
declaraciones, que sintetizan el conflicto de manera lacónica y certera: “Quieren apresarme, Que lo intenten”.

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Nota: Aunque ha quedado fuera de la selección, queremos reconocer el esfuerzo realizado por el Colegio Salesianos, añadiendo a los seleccionados el microrrelato Sonidos y Luces de la autora Andrea Escalante Cejudo de 1º de ESO.

SONIDOS Y LUCES:

No entiendo qué le pasa a mamá, se agarra a un ataúd y no para de llorar. Yo estoy muy asustado no paro de escuchar sonidos y ver luces. -Mamá por favor vámonos de aquí-dije con un susurro. Mamá no me contestó pero sí me contestó. Cada vez se escuchaba más cerca los sonido y se veían más fuertes las luces, yo me puse a llorar tenía miedo. -Nos tenemos que ir de aquí-dijo mamá con un grito. Me agarró del brazo y nos fuimos corriendo, yo cada vez estaba más asustado, no entendía nada de lo que está pasando. Cada vez se acercaba más todo, nos unimos a un grupo de personas y cuando paró todo nos paramos a descansar. -A dónde vamos-le dije a mama -no se pero da igual eso-me dijo tomando aire. Pero de repente nos atacó la luz y el sonido, no podía ver nada solo escuchaba gritos. Me intenté mover pero no pude. -Me rindo-dije con hilo de voz. Pero escuche como me llamaba mamá, intente moverme. solo pude un par de centímetros, pero fue suficiente porque la encontré. -Te amo, estoy muy orgullosa de ti-me dijo mientras lloraba. nos alcanzó la luz y el sonido. -Te amo-fue lo único que alcancé a decir.