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¿PODRÍA CONVERTIRSE EL COVID-19 EN UNA PESADILLA FUTURA? Nadie pensaba hace unos meses que íbamos a entrar en un periodo en el cual nuestras vidas cambiarían de forma drástica. Nos llegan avisos constantemente que indican que lo estamos haciendo mal, que estamos maltratando el planeta, que lo contaminamos y lo sometemos a múltiples agresiones y […]

¿PODRÍA CONVERTIRSE EL COVID-19 EN UNA PESADILLA FUTURA?

Nadie pensaba hace unos meses que íbamos a entrar en un periodo en el cual nuestras vidas cambiarían de forma drástica. Nos llegan avisos constantemente que indican que lo estamos haciendo mal, que estamos maltratando el planeta, que lo contaminamos y lo sometemos a múltiples agresiones y que todo ello tendrá consecuencias contra nosotros mismos, pero seguimos actuando como si fuese algo ajeno. No pasa nada porque de momento, no notamos nada. No, los privilegiados no notamos nada, hasta que un día nos cae encima un “mal”[1] que nos deja perplejos y comenzamos a padecerlo en nuestras propias carnes porque esta vez sí nos afecta, queramos o no, nos toca de pleno ya que los seres vivos necesitamos interaccionar con nuestro entorno para seguir viviendo.

Siempre habrá una esperanza porque, de la misma manera que las enfermedades zoonóticas y otras (por contaminación y degradación del medio) se extienden debido a la violación del mundo natural por los humanos, y lo seguirán haciendo siguiendo su curso devastador, también existen caminos para salvar la naturaleza. Sí, los hay y si los emprendiésemos nos beneficiaríamos a nosotros mismos ¿Lo entenderemos ahora o lo seguiremos dejando para más adelante?

En un artículo científico del 14 de abril[2] se aborda una proyección sobre la dinámica de la transmisión del COVID-19 en el tiempo posterior a la pandemia, basándose en modelos obtenidos a partir de lo ocurrido con otros coronavirus en USA. Evidentemente no vamos a entrar en detalles científicos, pero nos son ya muy familiares cuestiones tales como que la distancia entre personas, la desinfección exhaustiva de materiales y objetos etc., son absolutamente necesarios para romper la cadena de transmisión del virus. Es lo que estamos obligados a hacer en este momento pero, ¿será suficiente? En las regiones en las que sube la temperatura con el verano ¿se inactivarán los virus o, por lo menos, bajará su capacidad infectiva?, es decir, ¿qué se espera para después?, ¿qué nos espera luego?, ¿cuándo nos liberaremos del “mal”?

Según lo que se deduce de este estudio se prevé que el aumento de temperatura tendrá influencia positiva al igual que ha ocurrido con otros virus de la misma familia (no es seguro, sólo se supone), pero también se explica en él que la distancia social seguirá siendo necesaria, por lo menos, hasta 2022. Entonces, ¿continuaremos aislándonos como hasta ahora? Ello dependerá de que se haya conseguido una inmunidad consistente mediante vacunación y de que dispongamos de sustancias terapéuticas efectivas. Las previsiones que hacen los autores del artículo son que, aun pensando en que todo vaya bien, no nos podremos confiar hasta 2024, fecha en la según sus cálculos todavía podrían producirse contagios. Es decir que tenemos que confiar en que varios factores se den a la vez para así recobrar nuestra amada vida diaria. Qué largo se hace pensar en el 2022, 2024… Es un enigma que esperamos se resuelva pronto, pero ¿aparecerán más enigmas, nos sorprenderán otros virus? Ahora ya sabemos que no es una quimera, que la pesadilla, venga del COVID-19 o de otro “mal”, es posible.

¿Aprenderemos la lección? Puede que los humanos nos sorprendamos a nosotros mismos y se produzca un cambio sólido en el que nuestro interior más profundo haya captado este mensaje de la naturaleza y que la respuesta vaya más allá de superar lo estrictamente sanitario.

Ahora que podemos ver con nuestros propios ojos nuestra desnudez, nuestra fragilidad, podríamos mirar hacia las poblaciones más desfavorecidas, esas que padecen males y sufrimientos terribles. Nosotros somos unos privilegiados en comparación, abrimos el grifo y sale agua limpia bien clorada, vamos al supermercado, a la farmacia, comemos, nos preocupamos por si la situación nos enferma psicológicamente y suspiramos por recobrar nuestras estupendas condiciones anteriores al “mal”.

Desde aquí debemos resaltar la labor encomiable de tantas personas, particulares o no, de tantas instituciones, públicas o privadas, y, en especial, de tantas asociaciones humanitarias que – como Amnistía Internacional[3] (2) – están luchando sin descanso desde varios frentes para aliviar y traer esperanza y futuro a los que padecen otros males, a los que, además, se les podría sumar la llegada de la pandemia por COVID-19.

Este el momento adecuado para plantearse la colaboración con una ONG, porque no sólo se recibe mucho más de lo que se da, sino porque ayuda a que la mentalidad se modifique y se pueda ver con claridad la realidad de este mundo y que los caminos por donde ayudar a que los Derechos Humanos se cumplan y los que nos llevan a respetar la naturaleza existen.

Quizás entonces comience a alejarse la pesadilla de padecer otros COVIDs.

EQUIPO COMUNICACIÓN AMNISTÍA INTERNACIONAL COMUNIDAD VALENCIANA

Imagen de Alexandra_Koch en Pixabay


[1] En la naturaleza las cosas no son buenas o malas, lo son para nosotros según nuestros intereses.

[2] “Projecting the transmisión dynamics of SARS-CoV-2 trhough the postpandemic period”. Kissler et al. Science 10, 1126/ science.abb 5793 (2020).

[3] https://www.es.amnesty.org/

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