Conoce más a nuestro jurado: Olmo Calvo
Los deshaucios, el desempleo de larga duración o las migraciones forzadas han estado en el objetivo de la cámara de Olmo Calvo durante dos décadas. Especializado en fotografía de derechos humanos
Autora: Ana Belén Negrete
Los deshaucios, el desempleo de larga duración o las migraciones forzadas han estado en el objetivo de la cámara de Olmo Calvo durante dos décadas. Especializado en fotografía de derechos humanos, reflexiona sobre el edadismo, un tema que no ha tratado directamente, pero cuyos efectos ha analizado a través de su cámara en series como “Historias de la crisis”, donde junto a Fabiola Barranco analizaron las consecuencias de largo alcance del crack financiero de 2008. Al hacerlo tuvieron largas conversaciones para conocer a sus protagonistas y entender sus vidas, algo que considera clave para conseguir hacer buenas fotos sobre derechos humanos.
Calvo es miembro del jurado del concurso de fotografía Derechos en el Objetivo, que este año está dedicado a reflexionar sobre el edadismo.
El edadismo es un tema que a menudo pasamos por alto. ¿Qué opinas de este fenómeno, especialmente cómo afecta a las personas mayores?
Es un reflejo de una sociedad que impone una fecha de caducidad. Se ignora la experiencia y el valor acumulado por las personas con cierta edad. Pensemos en aquellos que, con 50 y tantos, son despedidos y no logran reinsertarse laboralmente. Esto no solo genera una carga material, impidiendo la subsistencia independiente, sino también un peso psicológico enorme. Perder el propósito, la posibilidad de desarrollarse profesionalmente… es devastador.
Y en el otro extremo, ¿qué hay de la discriminación por edad hacia los jóvenes en el ámbito laboral?
Estamos en un modelo productivo basado en la explotación, en la inmediatez. Es el «aquí y ahora». Siempre se les exige una experiencia que no tienen. Es una trampa: para cuando la consigues, ya «se te ha pasado la edad». Muchas empresas usan las prácticas para cubrir puestos que deberían ser remunerados. Es una dinámica injusta, donde los jóvenes, tras un periodo de prácticas, a menudo se encuentran sin posibilidad de continuidad, dejando el camino libre para otros que buscan esa misma experiencia inicial.
¿Has abordado el edadismo en tu obra, ya sea de forma directa o tangencial?
Sí, de forma tangencial, como parte de un proyecto más amplio. Recuerdo un trabajo que hicimos con Fabiola Barranco en 2014, llamado «Historias de la crisis». Queríamos mostrar que, a pesar de la supuesta recuperación económica tras el estallido de la burbuja inmobiliaria de 2008, mucha gente seguía inmersa en la crisis. Una de esas historias era la de un desempleado de larga duración.
Este señor había perdido su trabajo y llevaba muchísimo tiempo sin encontrarlo. No solo lidiaba con la precariedad material, sino también con la inmensa carga psicológica del rechazo, de no poder avanzar en su vida. Él se unió a una asamblea de parados; allí no solo denunciaban su situación, sino que organizaban actividades, participaban en las fiestas del barrio y gestionaban un banco de alimentos. Era una forma de paliar la situación y ofrecer un apoyo básico a los más necesitados. Lamentablemente, no recuerdo su nombre exacto, pero esa historia fue un claro ejemplo de la discriminación por edad que sufren las personas mayores en el desempleo de larga duración.
Como fotógrafo de derechos humanos, ¿cuáles han sido tus mayores desafíos, tanto en España como en otros países?
Sinceramente, creo que es más difícil buscar y denunciar historias de injusticia en tu propio entorno que cuando estás fuera. Obviamente, he cubierto tragedias inmensas fuera: la injusticia y el drama de las rutas migratorias en 2015, con gente huyendo de las guerras en Siria e Irak; en América Latina, la desigualdad en barrios periféricos. Pero lo más complejo ha sido trabajar aquí, en Madrid.
Por ejemplo, los controles policiales racistas o el tema de los desahucios. La vivienda es un derecho básico y su falta de acceso sigue golpeando a muchas familias. Es increíblemente difícil desconectar de esas realidades cuando las tienes en tu día a día, a tu alrededor. Cuando viajas a una zona de conflicto, como Ucrania, donde estuve casi un mes recorriendo el frente, ves historias durísimas, te pones en riesgo. Pero luego regresas a tu zona de confort, a tu hogar seguro. Aquí en Madrid, con temas como la Cañada Real y la falta de electricidad, la implicación es mucho mayor porque la realidad te envuelve constantemente. Quieres dar seguimiento, implicarte, y eso, con una vida personal y familiar, se complica.
¿Hay alguna foto o serie que recuerdes como especialmente exitosa, en el sentido de que haya logrado remover conciencias?
Sin duda, el reportaje que hice sobre los desahucios en 2012. Recibió el Premio Luis Valtueña de Fotografía Humanitaria de Médicos del Mundo y tuvo un impacto considerable. Al ganar un premio así, las fotos tienen más recorrido: aparecen en televisión, en entrevistas, en publicaciones.
Pero lo que más ilusión me hizo fue ver cómo la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) usó mis fotos para sus carteles. De repente, iba a cubrir una protesta y me encontraba mis propias imágenes, enormes, en manos de los manifestantes, sirviendo como parte de su denuncia. Que mi trabajo sea útil para que las propias personas que luchan a diario sin reconocimiento puedan denunciar su situación, es lo más importante. También, el tema migratorio, especialmente la ruta de los Balcanes en 2015, generó series y fotografías que tuvieron mucha visibilidad. Se hicieron exposiciones, salieron en revistas, incluso algunas se exhibieron en el metro de Madrid. Si eso llega a la gente y genera impacto, es fantástico. Sí, los temas migratorios y los desahucios tuvieron un recorrido notable.
Pensando en los aspirantes a fotógrafos de derechos humanos, ¿qué elementos comunes crees que tuvieron esos proyectos más impactantes? ¿Qué los hizo resonar tanto?
Siempre es una combinación de factores, y en parte es incontrolable. Pero, en general, suelen ser temas de actualidad que afectan a mucha gente, como la vivienda o las migraciones. Sin embargo, más allá de la temática, la clave es la implicación. No se trata de ir, hacer unas fotos rápido y marcharse. Si tu intención es visibilizar una historia de derechos humanos, debes implicarte mínimamente.
Hay que dedicar tiempo, hablar con la gente, empaparte de sus historias. Muchas veces, las mejores fotos surgen después de horas de conversación. Y la sinceridad es fundamental. Cuéntale a la gente lo que quieres hacer, busca su complicidad, e incluso incorpora sus miradas. Ellos, como protagonistas, pueden darte las claves visuales y narrativas para contar su historia de la manera más auténtica.
Para terminar, ¿cómo ves la situación actual de la fotografía de derechos humanos?
Se mantiene. Nunca ha sido una fotografía masivamente popular, y no lo es ahora, aunque la fotografía en sí misma es una herramienta fundamental. Vivimos en la sociedad de la imagen, con miles de millones de imágenes producidas al día. Sin embargo, la fotografía que denuncia la vulneración de derechos humanos no suele ser la más consumida.
Dicho esto, creo que ha habido un crecimiento en el número de personas dedicadas a ella. Los espacios de difusión han cambiado: ya no son solo las revistas o los periódicos, ahora están las redes. Y aunque en estas haya un mar de contenido, y el impacto a menudo sea limitado, no lo veo mal. Ahora, si pensamos en fotos icónicas de derechos humanos de los últimos 15-20 años, es verdad que se recuerdan pocas. La foto de Aylan, el niño en la orilla, es probablemente la única que la mayoría recuerda.
Al final, uno cuenta estas historias porque hay que contarlas. Si tienen impacto y visibilidad, mucho mejor, pero no es el fin en sí mismo. Quienes hacemos estos reportajes queremos contar las realidades de la manera más honesta posible, en contacto con los protagonistas. No hay que obsesionarse con el impacto inmediato; lo importante es seguir contando las historias. A veces, una historia no tiene repercusión en su momento, pero con el tiempo cobra más importancia.
Creo que la situación se mantiene. Hay mucha gente dedicándose a esto, aunque a veces no sea tan visible en el torrente de las redes sociales. Estamos construyendo un archivo colectivo de derechos humanos, aportando nuestro granito de arena. Hay cantera, gente joven interesada y comprometida, y eso es lo que importa.
Que mi trabajo sea útil para que las propias personas que luchan a diario sin reconocimiento puedan denunciar su situación, es lo más importante.

