CON LA COLABORACIÓN DEL GRUPO LOCAL DE ALMERÍA
PON DERECHOS AL CLIMA
Para Amnistía Internacional la crisis climática y la devastación ambiental son un asunto de derechos humanos. El calentamiento global por las emisiones de gases de efecto invernadero, la deforestación y la destrucción de los hábitats naturales están afectando a derechos de millones de personas en todas las partes del mundo, así, por ejemplo:
La explotación de recursos naturales y los fenómenos extremos como sequías, inundaciones e incendios, que obligan a evacuaciones forzadas mientras destruyen viviendas, patrimonio cultural y medios de vida.
La pérdida de biodiversidad, que aumenta la transmisión de enfermedades infecciosas, como la covid-19.
Los contaminantes, que provocan intoxicaciones alimentarias y el incremento de enfermedades físicas y mentales.
En muchas partes del mundo, personas, comunidades y países enteros no pueden ejercer derechos fundamentales como el acceso al agua, la alimentación, la vivienda, el trabajo, la educación, la salud y el saneamiento o el asilo. Incluso el derecho a la vida, que se niega a tantas personas defensoras de la tierra, el territorio y el medio ambiente, amenazadas, perseguidas o asesinadas por su labor.
Igualmente, es fundamental poder ejercer el derecho a la libertad de expresión y de asociación, a la educación, a la información y a la participación para poder defender la protección del medio ambiente y, con él, nuestra vida.
Por todo ello, Amnistía Internacional une su voz al movimiento global por la justicia climática. Para que los gobiernos y las empresas actúen con urgencia y cumplan con sus obligaciones internacionales, promoviendo una transición verde y justa. Sin dejar a nadie atrás.
Con el grupo local de Amnistía Internacional de Almería, el día 11 de junio a las siete de la tarde, el equipo de Medios de Comunicación hizo entrega al relato ganador y a las fotografías elegidas. Enhorabuena a todas. Aquí dejamos las obras premiadas.
PREMIO RELATOS CORTOS 2026 : LA BOLSA FRÍA. Olga Castrillejo.
Me despierto con frío en medio de la oscuridad. La lluvia torrencial cae con violencia contra el tejado por encima de mí, y las gotas resbalan por los cristales de las ventanas, formando ríos. El viento aúlla con un sonido sibilante que se cuela por las rendijas. Me cubro con la manta hasta la barbilla. Apenas un rato después, la madera del pasillo cruje y aparece una pequeña figura titubeante por la puerta de mi cuarto. Mi hermano Adrián se frota los ojos apenas abiertos, los párpados pesados. Sostiene su osito de peluche y su bolsa caliente en cada mano.
—Hay agua en mi cuarto. ¿Puedo dormir contigo? —dice con una voz pequeña que apenas se oye por encima de la tormenta.
Levanto la manta para recibirle. Se acurruca en un borde de la cama y le cubro bien. Su bolsa caliente ya está fría, igual que la mía; el calor se ha escapado durante la noche. Me levanto y las llevo a la cocina. Mamá nos las regaló hace unas semanas, cuando el termómetro empezó a bajar y las facturas a subir. Mientras las caliento en el microondas, llevo un cubo al cuarto de Adrián y lo coloco bajo la gotera que cae en un rincón. No es la primera este invierno. Las tormentas son más fuertes y la casa es antigua, frágil, y no está bien aislada de las condiciones exteriores. Este año, además, mamá nos ha dicho que tenemos que usar la calefacción menos.
Vuelvo a la cama y acomodo las bolsas calientes junto a Adrián. Me acuesto y le abrazo. Normalmente, su presencia me ayuda a dormir mejor, pero el viento que golpea las ventanas me mantiene despierta. Siento la vulnerabilidad de la casa.
La alarma suena a las seis. Tengo que luchar para despegarme de las sábanas. Hace frío fuera de la cama y todavía no hay luz del sol. Antes, papá nos llevaba en coche al colegio, de camino a su trabajo, pero desde este curso dependemos del bus. No hay una ruta directa y los buses no pasan muy a menudo así que nos tenemos que levantar una hora antes para llegar a tiempo. Todavía no me he acostumbrado, pero me esfuerzo en no quejarme.
Mamá y papá hablan en voz baja durante el desayuno, pero su tono es áspero.
—Hoy consigo un préstamo y se acabó —termina diciendo papá. Se quedan en un silencio tenso.
Adrián apoya la mejilla en la mesa, golpeando su plato, sin comerse la tostada. Tiene esa cara de enfado que refleja el clima de la casa. Mamá le da un bol con cereales, que suele comer con más gusto, pero Adrián lo empuja.
—No quiero ir en bus —gruñe, y tira la cuchara al bol, salpicándome de leche—. Quiero que papá me lleve en coche.
—Ya no hay coche —dice mamá, tajante—. Si no comes, te vas sin desayunar.
Adrián aleja la cabeza del bol con una mueca.
—Mañana tenéis el examen —anuncia la profesora Elena en la clase de ciencias naturales—. Así que hoy repasamos lo que hemos visto las últimas semanas. ¿Qué efectos del cambio climático podemos notar en nuestra comunidad?
El aula se queda en silencio. Las miradas se desvían hacia los pupitres, hacia las ventanas, hacia cualquier lugar que no sea la profesora.
—Ninguno —murmura Julieta a su amiga Victoria, y las dos chicas se ríen desde el fondo de la clase.
—¿Perdón, Julieta? —dice la profesora, animándola a hablar en voz alta.
—Mi papá dice que el cambio climático no existe —responde Julieta, con su característico tono altanero.
—Sí existe —salta Sergio, nervioso, desde la primera fila.
—Pues yo no he notado nada. Se está muy tranquilo y fresquito —insiste Julieta.
Durante el recreo, el viento es tan fuerte que nadie sale al patio. Nos agrupamos alrededor de la mesa de Victoria, que habla con entusiasmo del coche nuevo que se han comprado sus padres.
—Es super guay, tiene una pantalla enorme con muchísimos juegos. Y papá me deja usar el volante para jugar a las carreras cuando está aparcado.
—¿Los juegos funcionan con el volante? —pregunta Julieta, boquiabierta.
—Sí. Es como conducir de verdad —dice Victoria, muy orgullosa—. Hoy lo puedes ver cuando vengan a recogerme.
—Pero no se puede usar el coche aquí —intervengo, recordando las nuevas normas de la ciudad.
—Sí, se pueden usar los coches eléctricos. ¿Tus padres todavía no se han comprado uno? —dice Victoria, poniendo los ojos en blanco.
—También se puede con uno normal —dice Julieta—. Yo vengo todos los días.
—De todas formas, los eléctricos son mucho mejores —dice Victoria.
El autobús de nuestra línea llega con media hora de retraso. Cuando llegamos a casa, ya es de noche. Voy a mi cuarto a hacer mis deberes. Cuando papá llega a casa, le oigo discutir con mamá desde la cocina.
—No nos dan el préstamo. Así que no sé qué quieres que hagamos.
Me siento en el sofá y enciendo la tele para no oírlos. Salen los políticos, con sus trajes impecables y sonrisas tranquilas.
“Seguimos comprometidos a alcanzar la neutralidad climática en el año 2050. Y ya estamos viendo el éxito de nuestro plan de crecimiento verde. Gracias al impuesto en el carbono estamos logrando una reducción drástica de emisiones en el país. Es muy sencillo: la transición es responsabilidad de todos. Los hogares que usan energías contaminantes deben pagar más por ellas. Lo mismo pasa con los vehículos de gasolina, que deben adquirir un permiso con un coste extra para circular por las ciudades. Así, incentivamos a los ciudadanos a apostar por la electrificación…”
La última frase queda flotando en el aire, mientras la pantalla se vuelve negra.
—He dicho que nada de tele a partir de las seis —dice mamá, detrás de mí, con el mando en la mano—. A estas horas sube la electricidad.
La mañana siguiente, entro en clase arrastrando los pies junto a los demás. El examen de medioambiente está sobre el pupitre. Los escritorios están separados, creando una barrera de silencio. Me siento en mi sitio y relleno la hoja, hasta llegar a la última pregunta: “¿Cómo podemos mejorar la situación climática en nuestro país? Elige una medida y explícala.”
Hay varias opciones: a) Impuestos al carbono. b) Prohibición de plásticos. c) Normas de eficiencia energética.
Observo las letras impresas. El aula está en silencio, salvo por el rasgueo de bolígrafos. Miro a Julieta y Victoria que escriben rápidamente. Me acuerdo de la silueta de Adrián en la oscuridad, con su peluche y su bolsa térmica. Pienso en mamá abriendo la factura de la luz y en papá con la cara gris por el préstamo rechazado.
Las medidas están incompletas. Hablan de números y emisiones, pero no de quién paga el precio de la transición. No hablan de las casas que se hunden bajo la lluvia, ni de niños que esperan el autobús bajo el viento.
Escribo una nueva línea debajo de las opciones impresas.
d) Justicia climática.
EN FOTOGRAFÍA DEJAMOS LAS TRES OBRAS GANADORAS
Medalla de Oro de la Federación Andaluza de Fotografía:
LA FRONTERA DE LA SED. JAVIER GARCÍA P. Palma de Mallorca

Texto: «El Derecho a una Justicia Climática»
Artículo de referencia: Artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos — Derecho a la igualdad y a la dignidad, enrelación con el derecho emergente a una Justicia Climática.
Esta imagen representa la delgada línea entre la supervivencia de nuestros ecosistemas y el avance imparable de la desertificación. Tomada desde el aire, en el desierto mexicano de Nuevo León, el contraste entre la tierra resquebrajada y la franja de vegetación que aún resiste narra con crudeza la crisis climática que amenaza el derecho de todas las personas a vivir en un medioambiente sano. La figura humana tendida sobre el suelo agrietado, casi imperceptible en la inmensidad del paisaje devastado, simboliza la vulnerabilidad de la humanidad frente a un fenómeno que exige justicia: una justicia que redistribuya responsabilidades entre quienes más contaminan y quienes más sufren las consecuencias.
Medalla de Plata de la Federación Andaluza de Fotografía:
FRAILECILLO. RUBÉN VAZQUEZ TRUJILLO. La linea de la Concepción

Un frailecillo sin vida yace en la orilla, rodeado de fragmentos de plástico y restos de consumo humano.
La imagen, tomada en una playa cualquiera, podría repetirse en miles de costas del mundo. No es solo una escena de contaminación: es el reflejo tangible de una injusticia ambiental que golpea con más fuerza a los ecosistemas más vulnerables.
La justicia climática defiende que quienes menos contribuyen a la crisis son quienes más sufren sus consecuencias. La fauna marina, incapaz de generar residuos, paga el precio de un modelo insostenible. Este pequeño cuerpo sin vida es víctima de un sistema global que externaliza costes y normaliza el daño ambiental. Mientras los océanos se convierten en vertederos invisibles, las políticas avanzan a un ritmo insuficiente.
La escena interpela directamente a gobiernos, empresas y ciudadanos: ¿quién responde por esta muerte? ¿Quién asume la responsabilidad?
Más allá de la tragedia individual, la fotografía es una denuncia silenciosa. La justicia climática no es un concepto abstracto, sino una urgencia que empieza y termina en cada gesto humano.
Medalla de bronce de la Federación Andaluza de Fotografía:
CUANDO APRIETA LA SEQUÍA. M. SERGIO LOPEZ CONDE. Montornés del Vallés.

El pantano de Sau (Barcelona) pertenece a la cuenca del río Ter. Durante el año 2024 sufrió una gran sequía quedando abandonadas las actividades recreativas de agua. Muchas fueron las personas que se quedaron sin trabajo.
Con las lluvias del último año, el pantano ha recuperado gran cantidad de agua.
Jornada emotiv con participación de amigos, activistas y familiares y la presencia del monologista Ben Zhara. Gracias a todas y todos.




