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Iconos de las redes sociales

Si no he hecho nada malo, ¿por qué me vigilan?

Toda la información que circula por Internet se recopila gracias a un modelo de negocio en el que los servicios ofrecidos al usuario son gratuitos a cambio de la venta de sus datos a otras empresas y el seguimiento de sus búsquedas por parte de las agencias de inteligencia. La gente sabe que su privacidad está siendo vulnerada, pero necesita aceptar los términos legales de las aplicaciones para interactuar socialmente.

Autor: Jesús Calero, Equipo de Comunicación de Amnistía Internacional Madrid

Cuando algo es gratis, es que el negocio somos nosotros. Tras el éxito de Shoshana Zuboff y su libro, La era del capitalismo de la vigilancia, comprobamos nuevamente que el verdadero éxito de compañías como Google no es su talento informático o su habilidad técnica, sino la imposición de unas determinadas relaciones sociales que desprecian las fronteras de la intimidad humana y la integridad moral que todos nos damos en la Declaración de los Derechos Humanos –cuyo artículo 12 nos protege de las injerencias de esta espiral de vigilancia

No son solo las empresas. Los documentos que Edward Snowden hizo públicos en 2013 revelan cómo los servicios estatales de inteligencia almacenan las comunicaciones privadas de los ciudadanos sin una orden judicial previa. La seguridad nacional se ha convertido en un pretexto adecuado para que los gobiernos ejerzan el control de las búsquedas no deseadas de los usuarios: cada día, la NSA estadounidense recoge 5 mil millones de registros de la ubicación de teléfonos móviles y alrededor de 200 millones de mensajes de texto. Aproximadamente, 42 mil millones de historiales de navegación, correos electrónicos y chat son registrados al mes.

Edward Snowden

Un temible desprecio hacia nuestros propios datos 

Hay una preocupación que comparten los expertos informáticos y los activistas de Amnistía Internacional. “Es un error pensar que nuestro Derecho a la Intimidad no es importante porque no tenemos nada que ocultar”, asegura Jesús Cea Avión en Radio Utopía. “Para Facebook, cada persona vale 12 euros”. El valor de mantenimiento de los servicios gratuitos se traduce en millones de ordenadores que trabajan para que, al abrir una página, esta se cargue inmediatamente, o para que miles de personas puedan estar conectadas al mismo tiempo. Los datos de cualquier usuario se venden para pagar este servicio, y casi todas las compañías estarían dispuestas a pagar para transmitir un mensaje publicitario a un determinado segmento de la población. 

Independientemente del valor que nos demos a nosotros mismos, no debemos pensar que la intimidad solo es importante si somos famosos, o que nuestra privacidad puede ser quebrantada por la hipotética protección de nuestro bienestar. No preocuparse por el derecho a la intimidad por no tener nada que ocultar es como no preocuparse por la libertad de expresión al no tener nada que decir. 

Una recopilación de datos privados sin indicios de delito podría coercer a periodistas que simplemente hacen su trabajo, o perseguir activistas y minorías consideradas potencialmente peligrosas. Seguridad y libertad de expresión no son incompatibles: seguridad también implica tener la certeza de no ser represaliado por la libertad de nuestros argumentos.

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