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CONOCE MÁS A NUESTRO JURADO: Celia de Coca

Celia de Coca lleva años analizando a la sociedad, intentando comprenderla a través del objetivo de su cámara. Se ha asomado a la soledad de una sociedad atomizada, en la que vivimos solos en “un baile sincrónico, pero aislado” de personas; ha reflexionado sobre el puerperio, sobre las ausencias…

Autora: Ana Belén Negrete

Celia de Coca lleva años analizando a la sociedad, intentando comprenderla a través del objetivo de su cámara. Se ha asomado a la soledad de una sociedad atomizada, en la que vivimos solos en “un baile sincrónico, pero aislado” de personas; ha reflexionado sobre el puerperio, sobre las ausencias… Y ahora, como miembro del jurado de la cuarta edición del concurso Derechos en el objetivo, medita sobre el edadismo, tema en torno al cual los concursantes deberán realizar fotografías que inciten a la audiencia a reflexionar y buscar soluciones.

Pero la fotógrafa y cineasta no solo apela a los participantes, sino a toda la sociedad, a combatir esta forma de discriminación. “En este tema, la responsabilidad individual es casi más grande que la colectiva”, afirma. Y reflexiona: en muchos fenómenos que atentan contra los derechos de otros es difícil luchar de forma individual, pero en este caso, depende de cada uno de nosotros ayudar a las personas mayores que tenemos cerca.

¿Qué crees que causa el edadismo?

Creo que el origen principal es la pérdida de interés por el conocimiento y la sabiduría, cuyos portadores más representativos son las personas mayores. Como ya no nos interesa eso, los mayores quedan relegados a un segundo plano. A nivel social, son desplazados.

Y, en paralelo, está la idolatría de la juventud, que no es nueva, pero que hoy tiene una visibilidad y exposición sin precedentes. Creo que eso alimenta un miedo enorme a envejecer, y ese miedo muchas veces se convierte en rechazo. Es parte de esa sociedad líquida en la que vivimos, en la que estamos anclados al presente: no existe ni el antes ni el después.

También hemos perdido la comunidad y el intercambio generacional que esta favorece: la transmisión de conocimientos, emociones, sensaciones que vinculan a personas de distintas edades. Quizás aún quede algo de eso en entornos rurales, pero en el contexto urbano y cosmopolita en el que vivimos, apenas existe esa interacción.

¿Cómo puede contribuir la fotografía a solucionar este problema?

La fotografía da visibilidad a un problema y puede ayudar a generar soluciones. Y este, que es tan poliédrico, se puede abordar desde muchísimas perspectivas visuales. Incluso sería precioso que las propias personas mayores presentaran obras: ellos son un talento, y el hecho de involucrarse ya es en sí mismo muy importante, más allá del resultado.

La fotografía, al ser un lenguaje no verbal, permite plasmar emociones de forma más directa, y captar sutilezas que muchas veces se nos escapan por otras vías.


¿Y qué crees que debe tener una foto para concienciar sobre el edadismo?

Me parece interesante no centrarse solo en los aspectos más tristes, como la soledad, sino también adoptar una mirada constructiva: mostrar la interacción humana, evidenciar que la comunidad existe, generarla. Aunque es importante retratar las consecuencias del edadismo, creo que un equilibrio entre ambas miradas puede funcionar muy bien.

Un enfoque que me parece poderoso sería preguntarse: ¿qué pasaría si todas las personas mayores de 55 años desaparecieran de repente? ¿Nos sentiríamos huérfanos? Perderíamos tantísima sabiduría, tanto conocimiento…

En cuanto a la estética, me atraen las fotos que transmiten un mensaje con sutileza, que me dejan espacio para interpretar y sentir, que no lo cuentan todo de forma evidente. Me gustan las imágenes que ofrecen contexto, que me invitan a explorarlas, a descubrirlas poco a poco, que me conducen de un lugar a otro.

¿Cómo crees que deberían abordar este desafío los concursantes?

Yo dedicaría tiempo, sobre todo, a observar. Empezaría por preguntarme: ¿qué quiero decir?, ¿dónde quiero poner el foco? ¿En la tecnología y su obsolescencia? ¿En la comunidad? ¿En las relaciones entre personas?… Luego me sentaría a observar, a pensar dónde podría encontrar eso que estoy buscando, e ir “a pescar”. Hay que estar ahí, atentos. Y, claro, muchas veces también depende del azar: de estar en el lugar y en el momento adecuados.


En tu cortometraje Más de un millón, abordas una de las consecuencias más graves del edadismo: la soledad en las mujeres mayores, a través de una protagonista que pasa el día sola. ¿Cómo surgió este proyecto?

En esa época, yo observaba desde mi ventana, por las mañanas, un paisaje algo desolador. Veía figuras que avanzaban lentamente, atomizadas, en diferentes direcciones —uno iría a hacer la compra, otro a lo que fuera—, y había una especie de baile sincrónico, pero aislado. Pensaba: ¿cómo puede ser que toda esta gente esté sola? Tal vez el domingo vayan a comer con sus hijos, pero en su día a día están completamente solas.

Esa fue la motivación para hablar con la mujer que protagoniza el corto, preguntarle cómo era su vida cotidiana. Es la realidad de muchas mujeres que se han autorrealizado a través de la familia y luego, con el tiempo, se quedan solas. Y yo quería señalar esa llaga, mostrar que es algo alarmante.

Al final de esta conversación, reflexionamos sobre cómo el edadismo empieza desde muy temprano: cuando tienes 20 o 30 años ya empiezan a etiquetarte por tu edad. Siempre eres “demasiado joven para esto” o “demasiado mayor para aquello”, y así vamos normalizando e interiorizando esta forma de discriminación. Acabamos por verla como algo natural. Entonces, Celia apunta que sería interesante visibilizar el edadismo no solo cuando ya ha impactado a los mayores —que es lo más evidente—, sino también desde antes, desde el momento en que empieza a gestarse.

“¿Qué pasaría si todas las personas mayores de 55 años desaparecieran de repente? ¿Nos sentiríamos huérfanos? Perderíamos tantísima sabiduría, tanto conocimiento…”