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Marisa Fernández, limpiadora de un hospital de la Comunidad de Madrid

Limpieza hospitalaria: miedo, prudencia y entrega

Marisa Fernández, limpiadora en un hospital de la Comunidad de Madrid, nos narra la dureza de su día a día en el hospital, del miedo a ser contagiada pero también la emoción de poder estar ayudando a a las personas más necesitadas

Autora: Marisa Fernández Vivero, personal de limpieza en un hospital de la Comunidad de Madrid

Me llamo Marisa. Como tanta gente, soy una de las personas a las que le ha tocado trabajar en primera línea del coronavirus. Soy, como muchas otras, una trabajadora de la limpieza en un hospital de la Comunidad de Madrid, aunque a veces no tan respetada ni tan bien mirada como otras profesiones.

Yo me siento muy bien pensando que estoy ayudando a todas esas personas que lo necesitan en estos momentos tan duros: unos quedándose en casa, otros yendo a trabajar… Bueno, cada uno ayudando a los demás en lo que puede.

Es muy bonito y muy gratificante poder dar ánimo a todas esas personas que por el coronavirus han perdido a un familiar y no han podido estar con él. Este virus nos está haciendo más humanos y enseñando a escuchar a los demás, lo cual no solemos hacer muy a menudo.

Marisa Fernández, limpiadora de un hospital de la Comunidad de Madrid

Sin embargo, no todo es bonito, también está el otro lado.  El miedo al contagio (soy mayor de 60 años e hipertensa) al tener que entrar en las habitaciones a limpiar, pensar si lo habré hecho bien protegida o me habré contagiado y si después contagiaré a las personas que más quiero

Por suerte,  desde el primer momento nos dieron los equipos de protección individual (EPIS) para protegernos, aunque no tenían muchos. La encargada nos dio una clase para aprender a colocarlo. Una compañera nos  ayudaba a ponerlo pero no a quitarlo -esto lo teníamos que hacer solas-teniendo mucho cuidado de no tocarnos la piel y quitarlo del revés para no contagiarte. Y seguidamente tirarlo a un cubo con una bolsa roja, que después se quemará.

Trabajar con estos equipos de protección es muy agobiante e incomodo, puesto que además debes colocarte gorro, gafas, mascarilla guantes y pantalla. Y con todo esto ponte a trabajar: coge el carro de la limpieza con el clorogel y desinfecta las habitaciones, algunas con la persona enferma dentro, otras con la cama vacía. Cuando te quitas el EPIS está empapado en sudor y tú deseando darte una ducha. Te quieres morir…

También, está el estrés y el nerviosismo con el que trabajas que te lleva a tratar mal a las compañeras que de buena fe te preguntan qué tal ha ido el fin de semana. La impotencia y las ganas de llorar cuando estas viendo como los de la UME sacan y se llevan cadáveres de todas esas personas.

Veo el agradecimiento de la gente que se ha salvado o pero también veo la soledad de estar enfermo en el hospital sin un familiar a tu lado, solo al personal sanitario o de la limpieza, y que por miedo al contagio intentas salir de la habitación lo antes posible.

En fin, sólo me queda dar las gracias por todo lo aprendido y que sin el apoyo de mi familia y de mis amigos no habría podido ir a trabajar cada día. También tengo mucho que agradecer a mi marido, su apoyo y haber dejado de beber y de fumar, por estar a mi lado y por todas esas videollamadas por la noche que me sientan muy bien y me ayudan a poder descansar por la noche

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