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Tras una década de conflicto, la guerra civil siria sigue batiéndose, indolente, en Oriente Medio. La comunidad internacional lleva años aflojando su presión sobre el régimen baazista, aferrándose eventualmente a una posible reforma constitucional y un proceso electoral que no se corresponde con la realidad de un país balcanizado.

Autor: Jesús Calero, Comunicación de Amnistía Internacional Madrid

Hace cinco años, Ignacio Álvarez-Ossorio advertía en su libro Siria. Revolución, sectarismo y yihad, que algunos países occidentales habían empezado a ver a Bashar al-Asad como un mal menor frente a la irrupción del ISIS y a las dirección errática de los rebeldes. Actualmente, la situación no ha cambiado. El proceso de Ginebra, las iniciativas posteriores de la ONU y de la Liga Árabe para gestionar la crisis siria han fracasado. 

Mesa redonda sobre los 10 años de conflicto en Siria, retransmitido en nuestro canal de Youtube el pasado 18 de marzo de 2021





Las fuerzas leales al régimen lo tienen claro. “O Bashar al-Asad o quemamos el país”. Desde las primeras manifestaciones en Deraa hasta la actualidad, la dictadura ha recurrido paulatinamente a una solución militar de desgaste, lejos de la vía política, luchando por su propia subsistencia. Los focos civiles al nordeste del país han sido bombardeados sistemáticamente durante años ha dejado a 13,4 millones de personas sin ningún tipo de ayuda humanitaria. Seis millones de sirios ni siquiera pueden cubrir sus necesidades más básicas y la economía se ha desplomado. Por su parte, los actores implicados en el conflicto han agravado la guerra hasta llevarla a un punto de no retorno en el que Occidente es cómplice de uno de los mayores desplazamientos de población desde la Segunda Guerra Mundial. 

Aprovechamos estos diez años para recordar la intervención de Amnistía Internacional en Radio Utopía junto a Maisoun y Monaf, dos refugiados sirios que nos relataron las experiencias vividas en el conflicto. Miles de exiliados como ellos forman parte de una diáspora que huye por miedo a las represalias. 

“Desde el principio, algunos países implicados quieren destruir la revolución desde dentro a través de milicias radicalizadas. Arabia Saudí, Irán… todo el mundo quiere un cambio de régimen. Pero no quieren que sea un sistema democrático”, lamenta Monaf. Ciertamente, una Siria secularizada y democrática podría convertirse en una potencial amenaza para el status quo de Oriente Medio. Arabia Saudí y sus aliados siempre partieron de la base de que no podían dejar surgir un líder de oposición fuerte, alternativo a al-Asad. La apuesta más segura para los países hegemónicos en la región consiste precisamente en mantener a la oposición y a los rebeldes sirios lo suficientemente fragmentados y atomizados para garantizar su lealtad y obediencia. Los combatientes divergieron hacia las filas de otras formaciones con mayores recursos como Ahrar al-Sham, el Ejército del Islam e, incluso, el Frente al-Nusra —todos ellos subvencionadas por los intereses de terceros, a los que poco importa el coste civil de la guerra. 

Lejos de avergonzar a las grandes potencias, las nuevas facciones radicales han servido a Estados Unidos y a Rusia como pretexto para justificar años de intervención en un país en ruinas. Según informa Amnistía Internacional, las partes involucradas en la contienda han continuado cometiendo violaciones graves del derecho internacional humanitario, incluidos crímenes de guerra y abusos flagrantes contra los derechos humanos. Aunque ya no se escuchen las balas, en Siria cualquiera que sea percibido como opositor corre el riesgo de ser detenido de manera arbitraria y morir bajo custodia. El alto el fuego alcanzado hace un año en Idlib, ha consolidado el dominio del Baaz y sus aliados sobre la zona central del país: la más fértil y próspera. En ella, al-Asad quiere convocar actualmente elecciones “legítimas” — la zona comprende dos tercios menos de la parte controlada por el régimen en 2011.

La catástrofe humanitaria siria supera todos los límites. Según informaba la BBC, más de 500.000 personas están muertas o desaparecidas y más de 12 millones de personas tuvieron que dejar sus hogares rumbo a nuevos destinos. Turquía, Líbano, Jordania e Irak son los destinos más próximos, aunque los recursos para su acogida son escasos y la gran mayoría de sirios se ven obligados a trabajar ilegalmente, percibiendo un salario muy por debajo del salario mínimo de cada país y realizando jornadas laborales exhaustivas. Las Naciones Unidas estiman que el 90% de los refugiados sirios vive por debajo del umbral de la pobreza.

Al finalizar la entrevista con Radio Utopía, Maisoun recita uno de sus bellos poemas para los compañeros de Amnistía. “Yo no muero semidesnudo en el otoño, pero me muero si pasa por mí la primavera y no florezco”. Pudo ser un relato casual. O la premonición vigente de una exiliada de guerra. 

Diez años después, el espíritu pluralista de la Primavera Árabe se ha marchitado en una espiral de violencia. 

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