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Concurso microrrelatos Amnistia Internacional Madrid

Finalistas y ganadora de la IV edición de Escribir por Derechos

La VI edición de Escribir por Derechos, el concurso de microrrelatos organizado por Amnistía Internacional Madrid, se saldó en el final del año 2017 con una ganadora y otros nueve finalistas.

He aquí la publicación de los diez microrrelatos sobre derechos humanos que llegaron a la fase final de la IV edición de Escribir por Derechos:

Ganadora:

 (Falsa) paradoja, de Anna Rossel Ibern

Sonrió con ironía al percatarse:

en la manifestación había perdido un ojo, pero ahora lo veía todo con mayor claridad.

Ganadora del concurso de microrrelatos de Amnistía Internacional Madrid

Mención especial del jurado: 

Profundidad de campo, de Antonio Javier Álvarez Linares

A través del ventanuco de la celda de aislamiento, Mahmoud Abou Zeid , el reportero, solo puede ver un trozo de cielo uniforme y una luz dura como la del encuadre desenfocado de su cámara, como las imágenes vagas y difusas de televisión que velan la verdad en su país. Y recuerda, como su madre contaba los astros de las constelaciones, y le decía que cada una de ellos despedía el brillo de una palabra silenciada en el pasado.

Por eso, al llegar la noche, Mahmoud imagina fotografías, mientras lanza piedrecillas al campo para levantar a las luciérnagas, para mezclar con su vuelo infatigable la luz remota de las estrellas.

 

Resto de finalistas

 

Un nuevo orden, de Raúl Clavero Bázquez

El nuevo rey se ha puesto a promulgar leyes a diestro y siniestro. Ayer, sin ir más lejos, prohibió el uso de la ironía y desde hace un par de semanas es ilegal tener más de un cactus en cada casa. Quizá la solución más práctica sería derrocarlo, pero eso conllevaría mucho papeleo y revueltas callejeras. Un esfuerzo, en definitiva, excesivo e ilegal ya que, como todos sabemos, la primera norma que nuestro monarca impuso en cuanto accedió al trono fue la apatía obligatoria en todo el Estado.

 

Procedimiento administrativo, de Anna López Artiaga

Empezaron por la A (estas cosas siempre se hacen siguiendo un  orden). El primer día borraron anarquía, amnistía  y alegato. La medida fue calificada como propia de un régimen autoritario, pero como ese adjetivo también había sido eliminado, los periodistas se vieron obligados a utilizar metáforas e hipérboles oscuras, y nadie entendió nada. Después borraron derecho y democracia, lo cual impidió que se diera una noticia sobre unas elecciones en algún lugar (nada importante). Pero lo que más llamó la atención del público fue un titular de la prensa deportiva: “El delantero del Almeriense sufre una lesión en el tobillo contrario al izquierdo”. Y florecieron los memes.

Los diccionarios mostraban grandes islas en blanco en el enclave de las palabras prohibidas: huelga, Historia… Algunos profesores se quejaban de la imposibilidad de seguir enseñando sin las palabras adecuadas. Igualdad, justicia, libertad… Y ni siquiera la meteorología se libraba de la censura: calentamiento global, y cambio climático eran expresiones vetadas y, los datos de precipitación se exageraban para ocultar la sequía (término también eliminado).

Hoy, los noticiarios abrieron con un titular ilegible: «El (pueblo indignado) se (manifiesta) con (pancartas) en blanco». Hay más huecos que palabras y, sin embargo, todos sabemos que ha llegado el momento. Los periodistas intentan entrevistar a algún manifestante,  acercan un micrófono. Es inútil: nadie puede pronunciar palabra.

Un rumor, como de mar agitada, empieza a crecer entre la multitud  reunida en las plazas. Impotentes, nos miramos unos a otros. Hasta que un viejo susurra: «Libertad»

 

No nos podemos quejar, de Héctor Daniel Olivera Campos

A una remota república de nombre impronunciable enviaron a un relator comisionado por un observatorio de los Derechos Humanos.  Se rumoreaba, a tenor de las pocas noticias que llegaban de aquel país, que se producía una constante e intensa violación de los Derechos políticos y sociales. El relator, con el propósito de documentar los abusos, entrevistó a numerosas paisanos quienes invariablemente respondían: “no nos podemos quejar”, cuando eran preguntados acerca de la labor de su gobierno o sobre sus condiciones de vida. En todas las casas lucía una fotografía del presidente de la nación y en todos los balcones tremolaba la bandera del Estado.

Convencido de la conformidad de la población con el gobierno y de que  en aquel país no se producía una violación significativa de los Derechos Humanos,  el relator se relajó y reservó el último día de su misión para hacer turismo. En un parque, a los pies de una estatua ecuestre de un ilustre espadón, yacía un hombre muerto, tiroteado, orlado su rostro por un charco de sangre oscura. Un pequeño corrillo de curiosos parecía velar al cadáver.

-¿Quién es? –preguntó el relator.

-Uno, uno más –respondió con indiferencia un señor con mostacho.

-¿Por qué lo han matado? –insistió el relator.

Los presentes bajaron la cabeza, desviaron la mirada y un ensordecedor silencio se apoderó del parque, hasta los pájaros dejaron de piar. El miedo era palpable y viscoso.

-Este… -se atrevió a hablar un jovenzuelo imberbe-, se quejó.

 

 

exPRESAte, de Paula Ramos Izquierdo

Solo quería poder decir su opinión, y lo consiguió. A partir de ahí, pudo siempre decir lo que pensaba. A sus compañeras de celda les encantaba escucharla.

 

 

En las arenas del olvido, de Federico A. de Haro de la Cruz

Mi padre era un poeta y escribía cuentos del tiempo y la memoria.

Un día no regresó vivo. Lo asesinaron. Lo enterramos cerca de la palmera verde que nos habían robado. A lo lejos, el mar gritaba: ¡Sáhara Libre!

Un día no pude volver a la escuela. El director llamó a mi madre y delante de ella me golpeó en la cara con el cuaderno. Luego le enseñó la bandera que yo había dibujado y bajo la que había escrito: ¡Sáhara Libre! Dijo que no era un buen ejemplo para mis compañeras y que no volviera nunca más por allí.

Un día la policía detuvo a mi madre. Le mostró las fotos de una manifestación, llevaba la misma bandera de mi dibujo, la misma que arropó el cadáver de mi padre. La insultaron, se rieron de ella y nos obligaron a abandonar la ciudad. Las estrellas gritaron: ¡Sáhara Libre!

Un día vinimos aquí, a la cruel hamada, al lugar donde viven los poetas cuando los hacen callar, al otro lado del silencio, donde el simún del olvido agita las melfas de las mujeres que esperan la libertad. Aquí no crecen árboles, ni plantas, solo el deseo de volver.

Ahora que vas a nacer, desde esta paz sin paz de la distancia, sueño con regalarte la palmera verde que nos robaron, y llevarte a las tierras libres. Al corazón del Tiris que mi padre cantara.

 

 

El Flaco, de Mario Kalz

Le decíamos “El Flaco”. Solo unos pocos conocíamos su verdadero nombre.

Era un preguntador que no sabía de pausas.

Circulaba una broma entre sus amigos. Decía que nunca estuvo en sus planes comenzar a hablar diciendo mamá o papá. Que sus primeras palabras, directas, espontáneas, fueron: ¿Por qué?

Su vocabulario se fue ampliando..

“¿Por qué el cielo es azul?”

“¿Por qué el agua moja?”

“¿Por qué hay mares?” “¿Por qué hay ríos?”

“Cuando crezca se le va a pasar”, decían con una indulgencia que no formaba parte de sus convicciones. Ni de su proyecto de vida.

Crecimos. “El Flaco” también.

Cambiaron las preguntas.

“¿Por qué hay ricos y pobres?”

“¿Por qué los pobres son muchos y los ricos son pocos?”

“¿Por qué los que son pocos pueden mucho y los que son muchos, pueden poco?”

Le regalaron una filmadora, tal vez subidos a la ilusión de que, al registrar la realidad en imágenes, postergaría su romance con las preguntas.

No lo conocían. “El Flaco” siguió preguntando.

Una cosa es preguntar por la pobreza y otra, bien distinta, es que junto con la pregunta te la muestren en un video.

De pronto “El Flaco” dejó de preguntar.

Hoy los que preguntamos somos nosotros, sus amigos.

¿Dónde está “El Flaco”?

 

 

Despedido, de Armando Aravena Arellano

– ¿Qué pasó abuelo?. Se suponía que, tampoco esta cena de navidad íbamos a contar contigo.

– Sí, es cierto – afirmó Julián del otro lado de la mesa.

– Lo que pasa es que como viejo pascuero soy un verdadero desastre.

– Pero, ¿cómo?, siempre luciste como el mejor santa de la ciudad.

– Es cierto. Lucía como el mejor, la barba, el traje, todo, pero…

– ¿Pasó algo?

– Sí, el gerente me despidió.

– ¡¿Qué?!, Pero, ¿por qué?

– Dijo que no servía, porque me sorprendió aconsejando a unos niños que no debían elegir los juguetes más caros.

 

Cierra el pico, de Marina Camazón Olmedo

Veo a un pájaro que se acaba de posar en el alféizar de la ventana. Me acerco con cuidado evitando que se asuste.

Escucho débilmente como pía, abro lentamente la ventana, dejo a un lado la taza de café y escucho atentamente lo que dice, algo incomprensible sino pones la suficiente atención.

Se está quejando, su tono es cada vez más amargo, la contaminación es agobiante y su especie se está viendo perjudicada con cada vez más muertes… El ruido es insoportable… Ya no pueden posarse en los aleros de los tejados…

Estiro un brazo, lo apreso y lo meto en una jaula así nadie lo escuchará, solo yo.

Cada día me dice algo nuevo, noticias que corren de pico en pico explicando más casos que hacen imposible la vida de la especie.

Lo noto triste y taciturno, le pregunto qué le pasa y me dice que ya no puede estar más tiempo viviendo en la jaula, necesita seguir sobreviviendo ahí afuera, con contaminación, con ruido. Su nuevo hogar es limpio, acogedor, siempre con comida pero le falta algo.

El pájaro se ha escapado y en las últimas palabras que dijo se escuchó como el susurro del viento…

-Me lo has dado todo, comida, refugio pero me has quitado la libertad de poder comunicarme con los míos, de poder seguir piando a los humanos nuestra situación, me has quitado el poder de las palabras y no hay nada peor.

 

 

 

 

 

 

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