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Finalistas y ganador de ‘Por un futuro sin odio’, VI edición del concurso de microrrelatos

El pasado miércoles 11 de diciembre se entregaron los premios a los diez finalistas del concurso de Amnistía Internacional Madrid. El ganador ha sido Alberto Sánchez Argüello por ‘Soñando despierta’. ¡Felicidades!

  • Un año más el mes de diciembre viene cargado entre el día del voluntariado, el día de los derechos humanos y… ¡la entrega de premios del concurso de microrrelatos de Amnistía Internacional Madrid!

El pasado miércoles celebramos una humilde gala en el que leímos las obras ganadoras de la edición, denominada este año ‘Por un futuro sin odio’, y entregamos el correspondiente premio al mejor microrrelato a Alberto Sánchez Argüello por ‘Soñando despierta‘, que dice así:

La niña se arrodilla al lado de la mujer. Le saca la bala incrustada en el pecho y el cuerpo vuelve a respirar. La pequeña se levanta y camina en dirección al asesino, para devolverle el proyectil. A cambio, le pide las palabras que activaron su pistola y se las lleva consigo para meterlas una a una en las ranuras de las radios y en los parlantes de los televisores, de dónde nunca debieron salir. 

¿Qué estás pensando Aminata? Le pregunta la profesora. Ella sin dejar de mirar por la ventana responde: «Que mi madre vuelve a vivir». 

 

El jurado quiso también otorgar dos Menciones a los relatos “Miedos” de Montse Toledo Mariné e “Inventario” de Silvia Gabriela Vázquez:

Miedos, de Eniram

En la pizarra hay escritas tres palabras: te odiamos Hassan. He reconocido mi nombre, Hassan, pero no entiendo la palabra que lo acompaña. Hace seis meses que he llegado de Marruecos pero solo hace tres que vengo a la escuela. ¿Será una frase de bienvenida? No la había oído nunca. Estaba intentando descifrar estas palabras cuando ha entrado mi tutora en la clase. Sofía, ¿qué significa te odiamos? Ha leído las palabras escritas en la pizarra, se ha dado la vuelta para mirarme a los ojos y, con su voz dulce pero firme, me ha dicho: significa miedo. Miedo a lo desconocido, miedo a la diferencia, miedo a perder. Un miedo que no se puede reconocer. ¿Les doy miedo? No lo entiendo. Yo también estoy muy asustado. He cruzado el mar con la ilusión de llevar esperanza a mi familia. Pero nada es como me había imaginado antes de partir de casa. Me siento solo y desconcertado. He pedido a Sofía que me ayude. Quiero responder a mis compañeros para que mañana cuando ellos lleguen a clase también se encuentren un mensaje en la pizarra. 

He cogido la tiza y les he escrito tres palabras. También tengo miedo. Hassan 

 

El inventario, de Silvia Gabriela Vázquez

Apenas tomé el autobús, encontré asiento junto a una bellísima mujer centenaria. Llevaba una colorida túnica anudada en el hombro -tan larga que le cubría los talones- y un libro en la mano. Era idéntico al que yo había estado leyendo, entre lágrimas, ese fin de semana. 

Ella también iba por la página 115. Su dedo índice la ayudaba a no perderse en la lectura y, curiosamente, cuando ambas nos miramos, estaba señalando el mismo epígrafe que mi pluma había subrayado la noche anterior: 

“El odio es la venganza de un cobarde intimidado” (George Bernard Shaw) 

Quise comentar la coincidencia, pero en ese momento abrió despacio el cierre de su bolso, revolvió con sus pálidas manos arrugadas y comenzó a colocar recuerdos, uno a uno, sobre su falda: abandonos, mentiras, decepciones, desprecios, injusticias… todo en sobres pequeños, transparentes, rotulados con temblorosa letra cursiva en lápiz rojo. 

La miré sorprendida, deseando una respuesta. 

-Mil disculpas (murmuró, entonces), hoy es día de inventario. Para no dar lugar a los rencores, cada año extirpo de mi alma aquello que me ha causado pena. Y defiendo así, esperanzada, el humano derecho a no olvidar que existo. 

Tal vez, todos deberíamos hacerlo… 

 

Aquí dejamos el resto de microrrelatos finalistas de la VI edición del concurso de microrrelatos de Amnistía Internacional Madrid:

Resiliencia consciente, de Raúl Guadián Delgado

Nos quitan… el trabajo, nos… roban… y… el miedo de nuestras mujeres… no saben convivir… somos distintos y tenemos que estar separados… No quieren integrarse… y han sido, son y serán siempre un problema para nuestros pequeños. 

Cuando el megáfono cesó de escupir mentiras, aquel hombre bien peinado (y cuya corbata de un tono ligeramente estridente parecía impedirle respirar) se retiró entre los aplausos de algunas personas de aspecto corriente, los niños continuaron jugando con su balón en la plaza de la que habían sido expulsados minutos antes. 

Ahora, y en el punto exacto donde el hombre de la corbata estridente se había quedado sin voz, Mustafá, Victoria y Jordi se abrazaban para celebrar un gol mientras Vladimir recogía el balón de su portería y Carlos discutía con Bogdan sobre los errores defensivos que estaban costándoles el partido. 

Al otro lado de la plaza, Yun explicaba a Sophie, Alba y Markel la manera correcta de comer los imaginarios fideos que acababan de preparar para la merienda. Y todas sonrieron ante la dificultad de manejar con sus manitas aquellos palillos chinos fabricados con las ramas caídas al suelo desde la copa del pino situado junto a la vieja farola. 

 

… y un móvil, de Esperanza

Omar tiene once años, le cuesta ir al colegio, no tiene amigos, sus compañeros se ríen de él, le gastan bromas cada vez más pesadas mientras los profesores miran hacia otro lado. 

Omar sufre en silencio humillaciones, bromas y desprecios al tiempo que pide al Dios que rezan sus padres que para poder tener amigos su piel se vuelva blanca…y un móvil. 

 

Traperos, de María Carmen Caamaño

Dicen que los niños del vertedero de Dharavi somos analfabetos, lo que significa que no sabemos nada, pero no es verdad, porque sabemos que pagan más rupias por el cartón que por el plástico, que no debemos comer la comida que tiene moscas negras y que hay que huir cuando vienen los señores gordos. Sabemos que si eres cojo, como yo, consigues menos papel, menos plástico y menos comida y también que es más fácil que te atrapen los señores gordos, como me pasó a mí. Lo que no sabemos en Dharavi es que existe Mumbai, llena de rascacielos, luces y gente que no es analfabeta. Por eso yo no sabía dónde me habían llevado, ni para qué me bañaban, me ponían ropa limpia y me sacaban fotos con otro señor gordo, devolviéndome al vertedero pocas horas después. En Dharavi no sabemos leer. Por eso, cuando entre la basura apareció el periódico con aquella fotografía mía y del señor gordo no supimos que él era un político que presumía de sacar a los niños de la calle. Tampoco nos importaba. Metimos el periódico en el cubo del cartón. Sabíamos que por el cartón pagaban más que por el plástico. 

 

Quebranto, de Nicolás Manuel Montiel

Rapado al cero, como un huérfano de posguerra, rebosante de tatuajes con calaveras, cruces celtas y esvásticas. Mascando chicle con desgana, completamente ajeno al relato fáctico que se va pergeñando en la sala. Con la mirada perdida en algún paraíso imaginario al que sólo pueden acceder los tipos como él. Con la seguridad de saberse arropado por otros que también habitan en el odio. Con un plan definido para cuando yo le comunique la sentencia absolutoria. Con todos sus músculos desafiando a la autoridad que lo juzga, soñado con un tiempo nuevo cuyo advenimiento cree próximo. 

Yo sé lo que sé porque él me lo ha contado. Quemó al mendigo tras el vencimiento del exiguo plazo que le concedió para abandonar el cajero. Y se quedó mirando, viendo cómo el hombre se retorcía entre sus cartones, con las llamas arrancándole de cuajo la poca dignidad que le restaba, sin ser ya persona, sin ser nada. 

Pero no hay pruebas concluyentes, las imágenes de las cámaras de seguridad son una mierda, y no hay testigos, todos tienen miedo. Yo tengo miedo. Él no. Hoy la toga me pesa más que nunca. Soy su maldito abogado. 

 

Palabras, de Francisco José Martín

Siempre que me sentaba sobre la letra <<h>>, me colgaban los pies y, como imaginareis, la misma letra en mayúscula, no me valía. Tener los pies colgaderos cansaba sobre manera, por lo que terminaba tratando de convencer a la <<b>> para que se inclinara y me dejara dormir sobre ella, reposando la cabeza en su extremo, que a mí me parece una mullida almohada.

Tengo que decir que las palabras me han ayudado a sentirme mejor persona. Desde que juego con ellas, mi relación con la gente ha mejorado bastante. Recuerdo que de niños nos las lanzábamos como armas arrojadizas, intentando hacernos daño. Gritábamos acentuando las vocales menos peligrosas, para que dolieran más, dejando las sílabas huérfanas de tildes, los dos puntos sin contenido y hasta olvidando el punto final.
Hoy, las digiero despacito, buscando su aspecto más entrañable; juego cambiando las <<oes>> del <<odio>> por una <<i>> y una <<a>>, me divierte hacer de trilero cuando sustituyo su <<i>> por una <<e>>. La cosa es que del «odio» pasemos a la <<idea>> que, si es buena, mejor. Y así hasta que me cierro en un paréntesis, y sueño con los buenos tiempos que aún nos quedan por vivir.

 

El Silencio, de Luis Román

Había llegado a esa edad en donde la historia no se estudia sino que se recuerda. Su pensamiento era lento como un glaciar pero sus reflexiones siempre llegaban a buen puerto, por eso cuando dijo: 

“si “todo” va mal y “todos” son impresentables, ¿Quiénes son “todos” los responsables de que “todo” vaya mal? 

La cuestión provocó el silencio…el bochornoso silencio de las buenas personas. 

 

Odio de salón, de Dolores Victoria Díez

Creía ser un personaje amable, brillante, corrosivo; solo era deconstruido.

Vanidad sobre vanidad, el poder de entretener le perdió.

¿Lo peor? Sin tener una mano amiga o hermana creía tener la razón. 

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